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Un zumbido insonoro eterno

La enfermera pide permiso para entrar y abre la puerta a la vez.

Ya no me pongo el barbijo ni me levanto del sofá. La miro de costado y observo cómo se acerca a la cama de papá en silencio.

Quiere prender la luz, pero le pido por favor que no. Asiente con la cabeza y baja la mirada. Nadie se mueve mas que ella para inyectar otro rescate a la sonda. Con los guantes de latex puestos acaricia la frente de papá para acomodarle los pocos pelos blancos hacia atrás. Con el dorso de los dedos le empuja la pera hacia arriba, pero no hay caso, la mandíbula se cae otra vez.

Intenta decirme algo al respecto, pero llevo la mirada al techo para distraerme con las manchas de humedad.

La puerta se cierra después de una seguidilla de sus balbuceos supongo que explicando algún nuevo protocolo de seguridad por Covid.

No sé cuánto tiempo pasa porque papá sigue inmovil y yo también. La habitación tiene un microclima de veinte grados y la atemporalidad de un zumbido insonoro eterno. Lo único que me remonta a la realidad es la luz de la ventana que juega con la claridad del día. El sol no llega a verse desde mi perspectiva, pero la luna si. Hoy está casi llena.

Papá gime cada un par de horas. Digo un par, pero podrían ser tres o cuatro también. He dejado de pretender controlar el paso del tiempo.

Los primeros gemidos me generaban incomodidad y quería descifrarlos. Le preguntaba si necesitaba algo, si era sed, hambre, dolor, ¿ganas de hacer pis?

Desde que empezaron a inyectarle morfina que no responde a mis preguntas. Sólo gime una o dos veces por vez para volver a perderse en el silencio del alma.

Mi vejiga es la única que me impulsa a moverme del sofá. De la posición horizontal, paso a sentarme para sentir la firmeza del suelo bajo mis pies y poder entonces deslizarme descalza hasta el baño.

Me sé el camino de memoria así que aprovecho para mirar la piel transparente de papá, las venas que resaltan, los pelos de la nariz que se le escapan, la boca cada vez más abierta y los ojos incrustados en los huecos como si ya supieran que jamás se volverán a abrir.

Hago pis con la puerta abierta y desde el inodoro puedo verlo también aunque de perfil. Desde este punto, del tabique le sobresale el hueso partido producto de la patada voladora de aquel picadito memorable con los compañeros del cole egresados del Corazón de María camada 63.

Me quedo en el baño intentando recordar más historias del estilo, pero no me funciona el cerebro.

Parece como si el letargo de la morfina me llegara por ósmosis a mi también aunque sé que es imposible.

Vuelvo al sofá y me debo haber dormido porque ahora me despierta un sonido particular. Es una mezcla de los esporádicos gemidos de papá con un carraspeo incesante. Se le entremezclan intentos que parecen fallidos de inspirar aire y entonces el tiempo ralentizado me cachetea y el pitido de la máquina que decora la camilla comienza a cambiar el ritmo.

De un salto me acerco a papá y le agarro las manos, le agarro la frente, le agarro el pecho, lo agarro todo con mis mil tentáculos. Lo aprieto con fuerza intentando sostenerle el cuerpo y empiezo a respirar profundo, queriéndole contagiar el vaivén del aire que a mi sí me entra. Y a la quinta vez que ensancho el pecho me doy cuenta que su cuerpo no me pide ser sostenido, que mi aire no le llega, que mejor le suelto las manos, la frente, el pecho. Que mejor, te suelto todo, papá.